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Dr. Pedro Scarcioffo Stula

Por: NurisGonzález | Publicado: 15/05/2011 07:08 |
Pedro Scarcioffo Stula

Convencido de que el general Gómez era un estorbo, Pedro Scarcioffo, estuvo detenido quince días en el castillo Libertador de Puerto Cabello, debido a su participación en La Semana del Estudiante organizada por la Federación de Estudiantes de Venezuela, en 1928. “Sólo tuvimos tiempo de coronar a la reina de los estudiantes: Beatriz Peña, por cierto hija del sabio doctor Vicente Peña, pues las autoridades calificaron de subversivo el poema que Pío Tamayo leyó en la coronación de Beatriz I, así como las intervenciones de Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Joaquín Gabaldón Márquez, quienes fueron a parar a La Rotunda. Los demás fuimos huéspedes del castillo de Puerto Cabello. Aunque detestaba el régimen y compartía lo que escribió José Rafael Pocaterra en Memorias de un Venezolano en la Decadencia, jamás volví a participar, porque en el castillo nos dimos cuenta que nosotros estábamos sirviendo a otros: ... Leoni, Betancourt... y ese negocio no nos gustó. Ese papelito de imbécil me desagradó. ‘Que peleen ellos por su figuración’, pensé, ya que se consideraban mejores que nosotros. Hasta se reunían aparte. Más nunca me metí en política. Me dediqué a estudiar y a trabajar”.

Nací en la zona pobre de la Parroquia Altagracia, cerca de La Pastora, de Ceiba a Delicias, el 11 de Diciembre de 1905. Allí viví los primeros años de la infancia con mi papá José Scarcioffo, quien murió cuando yo tenía unos tres años; con mi mamá Luisa Rosa Stula y mi hermano mayor Luis.

Al contraer matrimonio su madre, con el dentista Enrique Doval Castillo, pasó a vivir en la Esquina de Mercaderes y luego, de Veroes a Ibarra; y estudió en colegios alemanes, debido a que la disciplina de éstos se correspondía con la severidad de su padrastro. “Antes de ingresar al Colegio Católico Alemán, estudié en una escuelita alemana por muy poco tiempo, porque al parecer quebró y, en la Froebel, que también cerró. Finalmente, estuve en el Liceo Caracas que estuvo a cargo, primero, del ingeniero y matemático Marichal Torres y, después, del escritor Rómulo Gallegos. Además de estudiar como me exigía papá, jugaba béisbol y fútbol de vez en cuando, porque papá consideraba que eso era de vagos. A él no le agradaba la gente desocupada. El pensaba que todo el tiempo había que estar trabajando y, de hecho, él era un gallego muy laborioso. Además de él, hubo otro dentista, S. Díaz Mantilla, quien tenía una fama terrible como sacamuelas dolorosísimo”.

De la Escuela de Destistería creada en 1916, Pedro Scarcioffo egresó en 1928 junto con otros pocos ‘pollitos’ como Pedro Emilio Fernández, sólo para complacer a su padre porque en verdad, desde muy joven, se había interesado en la medicina y así, después de presentar su tesis sobre ‘tratamiento de la metritis con rayos ultravioleta’, obtuvo el título de Doctor en Ciencias Médicas en 1930.

A mi papá lo visitaban de continuo muchos médicos, y de esas amistosas tertulias aprendí mucho acerca de la medicina en Venezuela. Para mí eran muy familiares las figuras de los doctores Ascanio Rodríguez y Enrique Toledo Trujillo, entre otros, quienes hablaban de los aportes de José Gregorio Hernández, Santos A. Domínici, Rafael Rangel, Miguel R. Ruiz, J. D. Villegas, entre otros. Para entonces, ya se habían fundado el Hospital Vargas (1891), la Sociedad de Médicos y Cirujanos de Caracas (1893), la Gaceta Médica de Caracas (1893), el Instituto Pasteur (1895), el Colegio de Médicos de Venezuela (1902) y la Academia Nacional de Medicina (1904). Así me interesé por la medicina, porque la dentistería sólo la ejercí como asistente de mi hermano Luis, quien obtuvo una licencia para ejercerla, pues era muy tímido y no podía presentar los exámenes aunque se sabía toda la materia.

Ya graduado de médico y confiado en las enseñanzas de José Benito Izquierdo, Leopoldo Aguerrevere, Pedro A. Gutiérrez Alfaro, Francisco Antonio Rísquez, Luis Razetti, abrió una ‘cliniquita’ en Catia con Martín Valdivieso. “Alquilamos una casa por 300,oo bolívares. Como no teníamos dinero, reuníamos esos realitos con la ayuda de familiares y algún que otro amigo. Fue muy duro al principio porque la gente no confiaba en los médicos pollito. Ocasionalmente iba el hijo del viejo Quintana de la fábrica de cigarrillos, César Quintana, quien sí formó parte de lo que sería la Clínica Pablo Acosta Ortiz, que se formó gracias al impulso de José Trinidad Rojas Contreras y con la participación de Humberto Tosta Pérez, José Ramón y Carlos Eduardo García, entre otros”.

En Catia, Martín y yo, atendíamos todo tipo de casos, lo que cayera. Le tirábamos palo a todo mogote y cobrábamos entre 5,oo y 10,oo bolívares, y también 0,oo bolívares porque había gente que nada podía pagar y había que atenderla. Entre el alquiler y el teléfono se nos iba prácticamente todo. También atendíamos a domicilio.

Entonces los médicos indicaban las fórmulas que el farmaceuta preparaba. Las farmacias España, Solís, Ríos y La Marrón, y las boticas del Doctor Díaz, El Águila y Santa Bárbara, eran las de confianza entre los pacientes que pagaban y los que no pagaban también.

En nuestros consultoritos de la Acosta Ortiz ganamos más centavitos. Mi área de interés eran la ginecología y la obstetricia, pero las mujeres eran muy renuentes a asistir a consulta, no les gustaba sentarse en la sala de espera y se hacían acompañar de su mamá o de una tía para que nadie pensara nada indebido. Insistían, además, en parir en su casa. Eran muchos los sustos que se pasaban, aunque se contaba con excelentes comadronas. Las mujeres parían a palo seco, sin anestesia. Después tuve oportunidad de especializarme en París. Me fui en 1936 y regrese dos años después. Fue entonces que me casé con Ana Alvárez en 1940 y tuvimos a Pedro y a María Luisa. Vivimos de Perico a Puente Hierro antes de mudarnos definitivamente para San Bernardino.

Habituado a trabajar sin descanso, acostumbraba a leer El Universal, El Nuevo Diario, El Sol, Élite, y Billiken; y eventualmente, iba al cine Capitol o a los teatros Ayacucho y Calcaño. En este último disfrutó de la compañía Puértolas-Guinand. “Me divertí como todo muchacho de entonces, pero mucho menos. Eso fue lo que aprendí con papá”.


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