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Dr. Mario Zilianti,

Por: NurisGonzález | Publicado: 21/08/2017 02:26 |

El médico: a la vanguardia

Por Prodavinci | 8 de octubre, 2009

Por Guadalupe Burelli

El doctor Mario Zilianti es un hombre muy alto, con la impronta distinguida de un aristócrata toscano. Lo conocí hace ya veinte años en su consultorio de la Clínica Leopoldo Aguerrevere, en circunstancias muy felices. Estaba próxima a dar a luz a mi primera hija y mi obstetra me remitió a él para que me hiciera un ecosonograma. En aquellos años, ni tan remotos, ese examen no era rutinario como lo es ahora, y Zilianti era una autoridad en la materia. Imposible describir la felicidad de aquel momento cuando por primera vez uno constata que en aquellas imágenes incomprensibles y enigmáticas, que el médico va descifrando con una naturalidad contrastante con nuestra perplejidad, se verifica la vida de nuestro hijo. Pienso que el recuerdo que albergan muchas mujeres de este toscano debe ser similar al mío. Dejé de verlo por mucho tiempo hasta que lo encontré de nuevo en un servicio de atención ginecológica para mujeres de pocos recursos, que su infatigable espíritu de servidor público le llevó a montar una vez que se retiró de la práctica
privada de la medicina.

¿Doctor Zilianti, de que parte de Italia viene usted?

El pueblo de origen mío es Abbadía San Salvatore, en Toscana, un pueblo de montaña. Allí se conocen los Zilianti desde hace muchísimos años, y más que los Zilianti, la familia de mi madre, los Carli, que están desde hace siglos en ese pueblo. Estudié en Abbadía la primaria, después en Siena el Bachillerato y en Florencia estudié Medicina y me gradué en el año 1950.

¿Quiere decir que usted llegó a Venezuela como médico?

Sí, vine a Venezuela desde Florencia en 1951.

¿En qué condiciones vino?

Yo vine solo, y empecé a trabajar en la División de Tuberculosis del Hospital El Algodonal en donde estuve como cuatro años. Había entonces en Venezuela -vale la pena recordarlo- una serie de médicos excepcionales que se habían educado en Francia y hablaban perfectamente el francés; recuerdo que cuando llegué, como no hablaba español, ellos lo hablaban conmigo, porque era el idioma que podía entender mejor. Eran los doctores José Ignacio Baldó, jefe de la División de Tuberculosis, Arnoldo Gabaldón de Malariología, Odoardo León Ponte de Obstetricia y otros cuyos nombres ahora se me escapan, pero era un grupo de personas que no solamente eran excelentes como médicos, sino que tenían también una preparación humanística formidable, probablemente por la educación que habían recibido en Francia.

¿Cómo llegó allí?

Cuando llegué a Caracas me especialicé como Tisiólogo, porque era la única cosa que podía hacer, ya que los médicos venezolanos poco iban a los sanatorios. No iban por dos razones: porque el sueldo era muy bajo y porque temían el contagio, de manera que habían muchos médicos extranjeros y me fue fácil conseguir trabajo. Aquello estaba organizado a las mil maravillas por el doctor Baldó. Me especialicé dos años en Tisiología y luego me mandaron a Maturín, donde estuve casi dos años, hasta que en 1956, logré que me trasladaran a Caracas para preparar la reválida de mi título. Me asignaron al Sanatorio Padre Cabrera en los Teques, donde estuve varios años, primero como jefe de un servicio de Tuberculosis, y después, como empecé a interesarme en cardiología, como jefe del Servicio de Evaluación Cardio-pulmonar.

No conocía esta trayectoria previa a la ginecología y a la obstetricia.

Durante la reválida me interesó mucho la Maternidad Concepción Palacios porque era un gran hospital y los doctores que estaban allí eran grandes médicos: Domínguez Sisco, León- Ponte y Agüero, entre otros.

Unas eminencias …

Verdaderamente. Me interesó la parte de Obstetricia y en particular el Servicio del doctor Agüero, con quien empecé a trabajar en investigación. Yo tenía conocimiento de Cardiología y Fisiología, y a él le interesaba estudiar desde este punto de vista, el feto tanto in-útero como en la vida inmediatamente neonatal. Esta combinación de Obstetricia y Cardiología estaba de moda, por así decirlo, por los trabajos de Caldeiro en Uruguay, de manera que entré a la Maternidad, me especialicé en Obstetricia y seguí trabajando en investigaciones con el doctor Agüero. Después me mandaron a Estados Unidos, donde estuve trabajando dos años en investigaciones en el Hospital Presbiteriano de Nueva York. Cuando regresé, continué trabajando en la Maternidad y todo el tiempo que estuve allá, que fueron muchos años, hice estudios de fisiología fetal sobre los que he publicado varios trabajos en revistas científicas venezolanas y americanas.

¿Y al mismo tiempo ejercía como gineco-obstetra?

Exacto, empecé también a ejercer como gineco-obstetra en la clínica Leopoldo Aguerrevere, donde trabajé hasta hace pocos años. La Aguerrevere tiene ya unos cuarenta años y yo soy unos de sus fundadores.

Pero no dejó de estar en la Maternidad y otros hospitales públicos.

Paralelamente seguí trabajando en los hospitales públicos, ese fue el consejo que me dio el doctor Agüero, cuando me dijo: es conveniente que continúes trabajando en la Maternidad dedicando tan solo parte de tu tiempo a la clínica privada, porque si trabajas únicamente en la calle, como él llamaba al ejercicio privado, te vas olvidar rápidamente de la parte científica. De esta manera, ganarás menos, pero continuarás estudiando y publicando, que al final es lo que más te interesa.

Un hospital público, sobre todo en aquellos años en que había un nivel tan elevado debía ser el lugar perfecto para la investigación científica…

La maternidad es una maravilla para esto porque es un hospital donde hay un gran número de pacientes y podía conseguir fácilmente cualquier patología que quisiera investigar, pues con pasar a la sala de partos, en dos o tres días la tenía. Cuando le contaba a otros colegas extranjeros que en mi hospital teníamos cien partos diarios, no me creían. Era un lugar ideal para investigar y si algo he podido hacer en este sentido, ha sido porque estaba allá, porque, a diferencia de los mismos americanos, que tienen los medios, los aparatos y una perfecta organización, yo tenía el material clínico que ellos no tenían.

Claro, estadísticamente debe encontrarse de todo, se dan todas las situaciones. Hago un paréntesis para recordar al doctor Guido Conterno, entrañable amigo y obstetra, quien siempre comentaba que la experiencia de trabajar en los hospitales públicos era la mejor posible…

¿Conterno? Por supuesto, estaba también en la Maternidad, él vino algún tiempo después de mí, y también se especializó allá. El riesgo, cuando hay un número tan enorme de partos, es que el hospital se transforme en un «paridero» pero los doctores Domínguez Sisco y Agüero lograron que se mantuviera un ambiente científico que dictaba pautas al resto del país sobre conducta obstétrica. Nuestros criterios estaban absolutamente al día, tal como lo aprendíamos en la literatura o en los congresos a los cuales asistíamos con mucha frecuencia. Incluso ha habido cosas en las cuales nosotros llegamos antes que los americanos.

Me acuerdo que una vez vino aquí la doctora Virginia Apgar, anestesióloga del hospital donde yo había estado en Estados Unidos quien, por cierto, inventó el sistema de puntaje de los niños recién nacidos.

¡Claro, el índice de Apgar!

En esa visita ella vio los trabajos que estábamos haciendo sobre un producto que se llama Alupentde Boehringer, Alemania, que era utilizado como antiasmático. Había unos pocos trabajos sobre el uso de Alupent para bloquear las contracciones uterinas, pero nosotros confirmamos esta propiedad en varias situaciones clínicas y en números muchos más importantes de casos. Vimos cómo actuaba y cuál podía ser su importancia clínica. Cuando le enseñamos el trabajo, ella dijo que al regresar a Estados Unidos investigaría, porque los americanos no conocían la acción tocolítica del medicamento que ella había visto con nosotros en Venezuela. Se extrañó, pero con mucha simpatía, de que nosotros hubiésemos sido los primeros en esto.

La medicina venezolana ha tenido muy buena fama. ¿Cómo la ve usted ahora?

Los médicos jóvenes tienen mejores conocimientos que uno, porque tienen acceso a nuevos métodos de estudio y de búsqueda, como Internet. Pero, por las condiciones económicas del país, no tienen, como hemos tenido nosotros, la suerte de poder ir a estudiar afuera, cuando antes la rutina era que el médico venezolano se graduaba aquí, se especializaba aquí, y después iba a Estados Unidos, Inglaterra, Francia, de donde volvía con los conocimientos perfeccionados para empezar su carrera. Ahora es mucho mas difícil y en ese sentido, hay menos posibilidades, pero yo sí considero que la medicina venezolana está muy bien y que hay excelentes médicos. El problema, y aquí viene el «llanto», son los hospitales públicos.

Eso sí es un drama, y para usted debe serlo aún más todavía, porque ha visto cómo ha ido de muy bien para muy mal, lo que es muy triste.

Van empeorando. A la Maternidad Concepción Palacios la hicieron en dos años: cogieron los planos de un hospital americano, los trajeron a San Martín y allí la montaron. La Maternidad Concepción Palacios era un hospital perfecto, típico hospital americano.

Cuándo usted llegó debía estar recién hecha, y recuerdo que la dirigió el doctor Domínguez Sisco por mucho tiempo ¿verdad?

Efectivamente, muchísimo tiempo y a su lado, el doctor Agüero. El primero fue el organizador, el que tenía las riendas de la administración y la relación con los sindicatos, que ya empezaban entonces; y el doctor Agüero dirigía la parte científica y la parte de postgrados. Allí se especializaron cientos de médicos que, regresando a su región de origen, llevaban consigo una obstetricia absolutamente al día.

¿Pero qué pasó entonces?

Ese proceso de deterioro lo vivimos todos nosotros. Luego del doctor Domínguez Sisco vinieron una serie de directores, y uno notó, como se notó en el país, un deterioro progresivo, lento durante ciertos períodos, brusco en otros, hasta llegar a la condición en que estamos ahora, cuando no pueden operar porque no hay material y la paciente tiene que llevarse un paquete de cosas para que la puedan atender, y cuando la maternidad está cerrada durante semanas, porque está infectada. Hay muchas mujeres que mueren de infección y niños que mueren de meningitis …

¿Y eso es recuperable?

Yo sí creo que es recuperable. No se entiende por qué faltan los recursos en un país con tanto dinero, así que más lógico es pensar que deberían ser mejor administrados.

Doctor Zilianti, vamos a retroceder un poco. ¿Por qué se vino a Venezuela?

Tenía 26 años y en Italia después de la guerra, la situación era muy seria y yo no comulgaba con la posición política italiana. Siempre estuve en contra del «volta faccia» italiano al final de la guerra, y tampoco acepté con agrado el comienzo de la República. Hubiera querido que continuara la monarquía.

¿Es monárquico?

Yo soy aristócrata. Aristocracia significa en griego gobierno de los mejores y eso es lo que yo pienso: que gobiernen los que son mejores, no los que son más.

La idea platónica de la República …

Exactamente. Entonces, yo conocí a unos venezolanos en Florencia que me contaban de la posibilidad que había de trabajar aquí porque el Ministerio de Sanidad buscaba médicos. De hecho, en el año 1951, cuando yo vine, las medicaturas rurales estaban en manos de médicos italianos, rusos, polacos y españoles. Yo vine sólo con la idea de estar poco tiempo.

¿Quizás por evadir temporalmente la situación allá?

Exactamente. Mucha gente no recuerda la persecución que hubo en contra de los fascistas en Italia y, aunque mi familia no era fascista y yo tampoco lo era, no comulgaba con lo que pasó ahí, que fue una persecución despiadada contra esa gente.

¿Usted también se sintió perseguido?

Directamente no, pero no me sentía cómodo. Yo consideraba que eso era injusto y no debía ser así.

¿Llegó en barco como casi todos los inmigrantes?

No, yo llegué en avión. Era un avión de transporte de la Segunda Guerra Mundial, con pilotos americanos que pertenecía a la Compañía AVE: Aerolínea Venezuela Europa. El viaje, con escala en las Islas Azores y Bermudas, duró 36 horas. Conocía a cierta gente y fue fácil. La verdad, debo decirlo, es que la dificultades que han pasado muchos inmigrantes, yo no las pasé. Me fueron a buscar a Maiquetía con un tronco de carro y me llevaron a ver a Macuto, que era bello. En Venezuela no he pasado ninguna penuria, la verdad es esa.

¿Quizás el hecho de que usted llegara con un título profesional contribuyó a ello?

Es posible. A los pocos días de mi llegada, me llevaron a una entrevista con el doctor Baldó, y empecé a trabajar en seguida en la División de Tuberculosis. Yo no he sido el inmigrante en el sentido clásico.

¿Cuáles fueron sus primeras impresiones?

Me encantó el país: todo era muy amplio, muy libre, muy sereno, un paraíso en comparación con la angustia que uno había vivido durante la guerra en Italia. Y no hablo solamente de la parte económica, sino del odio que se tenían fascistas y antifascistas y que perduró muchos años, cuidado, si no algunas generaciones. Fue muy duro. Llegué en abril y tuve la impresión que entraba en un paraíso. Con ese mismo carro que me vino a buscar a Maiquetía paseamos por el Country Club donde habían esas casas magníficas, con los campos de golf todos verdes y las acacias con las flores rojas. Esto no había en Italia.

¿Tomó la decisión de quedarse en Venezuela o se fue quedando?

Sí, hubo un período en que hubiera querido regresar y fue cuando estaba en Maturín. Maturín es muy bonito, pero estaba como preso y por lo visto hacía muy bien las cosas en Sanidad, donde me mandaron, por lo que no había forma de volver a Caracas para ingresar a la Universidad y hacer la reválida.

¿Su esposa de dónde es?

Es alemana y la conocí aquí en Venezuela cuando vino a visitar a su hermano a quien yo conocía, así fue. Somos una familia mixta y quizá por eso ha sido más fácil quedarme, porque de regresar ¿a dónde va uno? ¿A mi país o al de mi esposa?

¿Cuántos hijos tiene?

Dos muchachas que viajan mucho. Irene estudió Publicidad en la Boston University, e Hilda también. Hemos ido a Italia todas las veces que hemos podido. Hablan perfectamente el castellano, el italiano, el inglés y el alemán. Podrían ir a cualquier parte porque han tenido un tipo de educación muy internacional, pero ellas prefieren estar aquí.

Doctor Zilianti, tengo entendido que en su investigación médica ha hecho aportes muy importantes en el campo del ultrasonido y creó una categoría para evaluar el grado de maduración del feto que es reconocida a nivel mundial.

Sí, es verdad, es el intestino. El primer servicio de ultrasonido en el país lo organicé yo en el Centro Médico. La historia es que hubo un congreso de Obstetricia en el Hotel Tamanaco a comienzos del año 74, y la Siemens trajo un aparato en el que un médico español, el doctor Botella, mostró unas imágenes que yo sabía de qué se trataban por las revistas especializadas y, aunque eran muy imprecisas aún, percibía que aquello era algo muy importante, de modo que le hablé al doctor Agüero de la conveniencia de comprar un aparato de ultrasonido porque significaba un avance espectacular. Le expresé las razones y él convenció a la junta del Centro Médico para comprarlo, pese a que costaba mucho dinero y que nadie parecía dar mayor significación e importancia a esta nueva tecnología. Yo tampoco sabía cómo manejar el aparato, pero me arreglé de esta forma. En la Maternidad desde hacía algún tiempo trabajaba con un aparato que se llama doppler, que también usa ultrasonido y que permite escuchar el corazón del feto para saber si está vivo. Luego de averiguado eso, me llevaba a la paciente al Centro Médico con la ambulancia de la Maternidad y si era un caso en el cual yo había oído el corazón del feto, debería ver la imagen de un feto vivo en el ecosonograma; si, por el contrario, no había escuchado el corazón, debía ver en el ultrasonido la imagen de un feto muerto. Así fui relacionado los casos clínicos que veía en la mañana en la Maternidad con la imagen ultrasónica que observaba en la tarde en el Centro Médico.

Quiere decir que es autodidacta en esta materia…

Sí, aprendí solo. En el verano fuimos a Alemania y por medio de la Siemens llegué a la Fraun Klinik de Munich, que tenía el único aparato de ultrasonido en todo Bavaria, para que tú veas que estábamos al comienzo de eso.

Sí, son sin duda los inicios, y en ese entonces estaba dedicado exclusivamente al uso en el campo de la obstetricia ¿no? Ahora se usa para todo.

Sí, a la obstetricia únicamente. Volviendo a Bavaria, allá me enseñaron las imágenes y, afortunadamente, las conocía casi todas, así que cuando regresé empecé a ver los casos privados del Centro Médico e inicié el Servicio de Ultrasonografía en la Maternidad Concepción Palacios.

¿Era el único que lo hacía?

El único durante mucho tiempo, porque después empezaron en la Universidad Central de Venezuela, pero nosotros fuimos los primeros. Cuando aquí fundaron la Asociación de Ultrasonidos en Medicina me mandaron una hoja para que la llenara y apareciera entre los fundadores, un baremo, como hoy dicen. Entre las preguntas que hacían estaba la de cursos realizados y yo no tenía ninguno, pero trabajos publicados sí tenía muchos, entonces no hicieron ninguna observación y me aceptaron como miembro fundador. Si tú te pones a ver, para aprender se utiliza exactamente el mismo tipo de razonamiento que para la investigación. Cuando investigas, no sabes nada de lo que vas a ver, tienes una hipótesis y la vas a confirmar o negar con lo que hagas, pero tienes que organizar los resultados y reconocerlos para llegar a una conclusión. Así fue por ejemplo en el caso del intestino, que surgió de una investigación en la cual, utilizando el material clínico de la Maternidad, uno llegó a la conclusión de que había ciertos cambios en la imagen del intestino que estaban relacionados con la maduración del feto. Efectivamente, esto tampoco estaba escrito y nosotros tuvimos la suerte de constatarlo primero.

La utilidad de ultrasonido en su campo es inmensa, claro está. Pero ¿qué otra cosa pueden determinarse a partir de ese examen?

En la primera semana de amenorrea, o falta de la menstruación, el ultrasonido puede confirmar si hay embarazo, si éste es único, si es normal o si está produciéndose un aborto. En fases más avanzadas el ultrasonido es de extrema importancia para diagnosticar malformaciones congénitas, para evaluar el crecimiento del feto y establecer la localización de la placenta. Al final del embarazo se diagnostica la maduración del feto, a través del intestino; las condiciones fisiológicas del feto, restricción del crecimiento; el estado cardio-circulatorio por medio del perfil biofísico. Y, finalmente, las características del cervix del cuello uterino, para establecer si es favorable para un parto normal.

Su interés por la investigación lo ha hecho estar en la vanguardia…

Efectivamente, lo que más me interesó fue, sin duda, la investigación. No sé como se puede trabajar en la práctica médica sin criterios de investigación, porque cada diagnóstico es un trabajo de investigación. Todavía vienen aquí los miércoles los médicos de la Maternidad Concepción Palacios y yo les doy clases de ultrasonido al tiempo que les insisto para que utilicen este criterio de investigación en su práctica diaria.

¿Cómo se conoce a un país a través de una práctica médica como la suya que atiende a una población definida, la femenina, de diferentes estratos sociales?

Imagino que esto se relaciona con lo que hemos hablado antes del nivel médico aquí en el país. Yo discuto mucho lo que ocurre con estas divisiones: la medicina privada y la medicina pública. En el año 1980 vinieron para trabajar conmigo dos médicos de la Universidad de Siena. Estuvieron en la
Maternidad como ocho meses y a ellos les llamaba profundamente la atención lo que observaban en el hospital y lo que veían en mi clínica privada, que era la Aguerrevere. ¿Por qué esas diferencias? No debería existir ninguna entre un enfermo que se hospitaliza en un hospital público porque no tiene dinero y otro que tiene dinero y va a una clínica privada. Esto es una tragedia.

Sí, debería haber un trato de igual consideración.

Para todo el mundo, que es lo que ocurre en Europa.

Pareciera que en Venezuela tiende a verse el parto como una situación quirúrgica por la manera como lo tratan: la asepsia, el trato a la mujer a quien se aísla durante el proceso, mientras que en algunas partes de Europa, por ejemplo, el parto es tratado como un acontecimiento familiar en el que pueden participar los más cercanos, y que es atendido por la comadrona hasta el último momento.

Hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se veía este tipo de cosas y había comadronas en este país. Luego, por influencia del doctor Agüero y de los otros médicos de la Maternidad, se cambió la filosofía de la atención del parto siguiendo la orientación norteamericana. Se consideró que el parto debía ser atendido en el hospital como un acto quirúrgico, con todas las consecuencias organizativas y emocionales. Parecía, y posiblemente es cierto, que el parto hospitalario es más seguro que el domiciliario, especialmente para un tipo de población que vive en zonas marginales de la ciudad con pocas posibilidades de control y hábitos higiénicos precarios. Hay países sumamente civilizados, como Holanda, donde ochenta por ciento de los partos son atendidos en la casa, pero está todo tan completamente organizado en la conducta prenatal que las parteras saben bien qué pueden esperar en el momento del alumbramiento porque conocen el desarrollo de la gestación.

¿Eso es tan predecible así?

Claro, ahora con un buen control previo se sabe quien va a tener un parto normal. Eso tienen en Holanda: un control prenatal sumamente bueno y la posibilidad de trasladar a la paciente a cualquier hospital de la zona en un tiempo record en caso de que surjan algunas complicaciones.

Además de las comadronas, me imagino, que se dispone de una red social de apoyo a la madre y al niño después del parto…

Se ha hablado mucho acerca de eso. Cuando yo monté este servicio de atención ginecológica orientado especialmente a mujeres de bajos recursos, intenté hablar con los médicos de la Alcaldía, pero no me hicieron mucho caso. La idea mía era atender a la paciente en forma semi-domiciliaria, porque todos los barrios tienen un Módulo de Asistencia Sanitaria, bien hecho, bien limpio y bien organizado, y la mujer podría dar a luz allí cerca de donde vive y tiene su familia. Mi idea era organizarlo de tal forma que la paciente pudiera ir al Centro Primario a recibir la asistencia y acudiera al hospital solamente cuando ocurrieran problemas. Hablé de esto con el doctor Agüero quien tampoco se mostró muy entusiasta, y dijo que se había abandonado la asistencia a domicilio por la alta cifra de mortalidad materna y neonatal. Pero en Holanda, esas cifras son hasta mejores que las de Estados Unidos.

¿Y en Venezuela?

Aquí no, aquí son muy altas, y no han bajado en los últimos años a pesar de los avances médicos.

¿Cómo se le ocurre a usted hacer esta clínica, este centro que da apoyo a las personas de bajos recursos principalmente de la zona de Baruta?

Mí idea era que las mismas pacientes que nosotros controlamos aquí pudieran tener acceso a esos pequeños centros que son los módulos donde estarían un obstetra, una comadrona, un anestesiólogo, para que ochenta por ciento de ellas, consideradas normales en los controles prenatales, pudieran ser atendidas allí y no tener que ir a la Maternidad que atendería únicamente los casos patológicos. Porque cuando el hospital está cerrado por sobrepoblación, se quedan afuera las pacientes normales y las pacientes graves que corren el riesgo de morir por desatención médica. Esa fue la idea inicial. Es inhumano el ruleteo que hacen de estas pobres mujeres que pasan de un hospital a otro. Yo creo que todavía sería posible lograr este proyecto. Se trata sencillamente de meterse a trabajar y hacerlo.

¿Qué lo motivó a usted a retirarse de su consulta privada y montar este servicio?

La edad.

Es una buena razón, pero también habría podido retirarse y no hacer más nada.

No, hacer nada no. No me veo yo sin hacer nada. Pensé en esto para atender a las pacientes de bajos recursos y así fue. Nosotros atendíamos diariamente más de veinte pacientes, pero las cosas han ido empeorando y ahora la consulta ha bajado muchísimo.

¿Cómo son las mujeres venezolanas como pacientes?

No tengo posibilidad de comparar, porque solamente he trabajado aquí, pero una de las cosas que decían los dos muchachos italianos que han trabajado conmigo es que les llamaba la atención que en la sala de partos aquí se trabaja tranquilamente, mientras que en Italia había mucha gritería de las mujeres dando a luz.

¿A qué se puede atribuir esto?

La mujer venezolana acepta con resignación su rol de madre y entonces asume con tranquilidad, con serenidad, sus dolores porque saben que es lo que les corresponde hacer a ellas.

¡No queda más remedio!

De acuerdo, pero mantiene, además, una actitud activa que es el papel que le ha tocado jugar a la mujer venezolana, como mujer y como madre, con más responsabilidad incluso de la que le correspondería, y ese papel continúa en el resto de su vida familiar, porque este es un matriarcado.

Interesante su observación. Volviendo a Italia, entiendo que usted ha estado involucrado en diversas actividades con la comunidad italiana.

Sí, estoy en el grupo de los toscanos. Por cierto, estamos pensando investigar acerca de los elbanos, toscanos de la Isla de Elba, que llegaron a Venezuela hacia la mitad del siglo pasado. Fíjate que vinieron muchos del mismo pueblo, Marciana Marina, y se dice que perseguidos por haber ayudado a Napoleón, pero no es cierto, porque Napoleón estuvo preso en Elba en 1809-1810, y esta gente vino en el 1831 y todavía más tarde. Más bien, la causa de esa migración fue lafiloxera que destruyó sus viñedos y redujo la población a la miseria. Todos llegaron a los Andes: Trujillo y Mérida. Cualquiera reconoce su origen por los apellidos, por ciertos muy comunes, en lo mejor de la sociedad venezolana.

Así es. En ese grupo llegaron mis antepasados italianos y las causas de ello son las que usted menciona: la tragedia que significó la filoxera en la economía agrícola, entre otras cosas. ¿Y a que se dedica la Asociación Toscanos en Venezuela?

En Italia hay una administración regional que depende naturalmente de un gobierno central, pero las regiones tienen una gran autonomía y mucho dinero también. Estas mismas regiones fomentan la formación de asociaciones en los países de emigración para mantener los contactos con su gente. La cosa no es únicamente romántica, porque tratan de mantener las relaciones comerciales con Italia y establecer puntos de intercambio. Los abruzzeses son los más numerosos aquí mientras que los toscanos somos muy pocos. Hace pocas semanas hablé con el Presidente de la Asociación y me dijo que tenía 117 toscanos inscritos. ¡Muy pocos!

¿Cómo profesional ha tenido relación con Italia?

No. Los contactos míos han sido fundamentalmente con las escuelas venezolanas y las universidades de Estados Unidos, con las cuales tengo un intercambio de información para pedir ideas, consejos y explicaciones sobre lo que no entiendo claramente en mis trabajos. Con Italia, muy poco, diría nada.

¿Qué es Italia para usted hoy?

Soy italiano -aunque soy toscano primero- y quiero mucho a este país donde tengo a una serie de personas que admiro y aprecio, pero yo soy italiano.


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