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Dr josé enrique pepe lópez &dagger 12/15/2014 ...

Por: NurisGonzález | Publicado: 17/02/2017 13:12 | |

Dr. José Enrique (Pepe) López. (†)

12/15/2014

ImagenLa educación infinita

Representa al Capítulo Carabobo de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna.

Cajas y más cajas. Amontonadas sobre sí mismas, cajas medianas, grandes, pequeñas y enormes que eran el pasatiempo de un muchacho de cuarto año de bachillerato. Verlas y acariciarlas. Todos los días ir a medirlas con la mirada, intentar adivinar qué llevaba dentro cada una de ellas, con sellos de procedencia Alemana. Día tras día, tras culminar en la emergencia, mirar cajas. Igual en quinto año para bachiller. Todo porque él sabía que el contenido de esas cajas serían parte del Hospital Central de Valencia.

Porque ya en cuarto año de bachillerato, José Enrique López sabía que iba a ser doctor. Estaba seguro de su vocación, esperaba impaciente graduarse de bachiller para comenzar, finalmente, a formarse como médico. Para arriba y para abajo iba con un botón amarillo en su camisa de liceísta. Azul para los que estudiarían Ingeniería, rojo para los de Derecho y por lo tanto amarillo para los futuros doctores. Por eso, al ver las cajas que habían llegado de Alemania con camillas y equipos quirúrgicos, decía a sus compañeros: éste será nuestro hospital.

Pero ese muchacho también lo sabía mucho antes de que llegaran las cajas a Valencia.

“Desde chiquito, eso me lo inculcó mi mamá Concepción”, dice ahora el doctor José Enrique López a sus ochenta años. “Conchita como le decían a mamá, cuando estaba embarazada de mí, soñó que era un hombre y que orinaba parada como un hombre. Entonces, junto con mi tía, buscó en un libro de interpretación de los sueños y allí leyeron: la mujer que al estar grávida sueña ser un hombre y orinar como un hombre, parirá un hijo que será médico y el honor de su familia”.

Por eso, cuenta el Dr. López, nunca le dieron un regalo que no fueran ampolletas, pomaditas o estetoscopios de juguete. “Desde que tengo 4 años”, se ríe, “yo ya estaba viviendo el sueño de mi mamá. Mi vida estaba resuelta desde 1934”. Luego recuerda que lo llevaron a consulta a Caracas, porque estaba muy flaco y pensaron en TBC, al terminar el médico les dijo “que afortunados son han obtenido en el sorteo diario la exoneración de la consulta”, tiempo después se percatarían del acto de bondad que había hecho ese médico a esta humilde familia de Puerto Cabello.

Y se sigue riendo el hombre que, quince minutos atrás, bajando las escaleras, sí parecía de su edad, pero que ahora aparenta haber nacido mucho después de 1930. Porque al hablar de la medicina y del camino que tuvo que recorrer para ejercerla, López se suelta, pierde los años y habla con la lucidez y la fluidez de alguien décadas menor.

Con tal energía comienza a relatar ese camino que lo ha traído hasta aquí y ha hecho de él profesor destacado de la Universidad de Carabobo, fundador de su posgrado de Medicina Interna, individuo de número de la Academia Nacional de Medicina e importantísimo miembro del capítulo de Carabobo de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna.

Porteño, valenciano, caraqueño y paulista.

En la sala de su casa, lo rodean paisajes y retratos pintados por Braulio Salazar. Son varios cuadros del pintor valenciano guindados en las paredes. “Fue amigo mío durante 30 años”, explica el también coleccionista, crítico de arte y ex vicepresidente del ateneo de valencia, entre los cuadros hay dos retratos realizados por el artista Valenciano. En el pasillo que da hacia el resto de la casa, muestra orgulloso el lienzo que lo muestra 20 años menor, con toga, birrete y bandas que revelan honores de la Universidad de Carabobo.

Su historia va ahora por los años cuarenta, cuando Puerto Cabello aún no contaba con escuelas que llevaran a sus alumnos más allá de sexto grado. Allí había nacido el Dr. López y allí crecía junto a su madre. Y allí se hubiera quedado a no ser por la certeza más que absoluta que ella tenía del porvenir de su hijo, el futuro doctor.

Narra el bachillerato valenciano con certeza del futuro caraqueño que lo esperaba en cuanto comenzara la universidad. Y así fue, dice. El futuro doctor comenzó sus estudios de medicina en la vieja sede de la Universidad Central de Venezuela hasta que la dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo obligó a él y a muchos otros a buscar nuevos paraderos para terminar lo comenzado. Lo cuenta por encima de los cientos de pajaritos que cantan sin parar a pesar de la neblina y la lluvia de esa tarde de domingo.

“Me fui”, explica, “cuando cerraron la UCV. Ahí, muchos decidieron marcharse para España, otros para México. Yo a ninguno de los dos lugares, porque en ninguno de los dos se veía enfermedades como las que teníamos en Venezuela. Decidí irme a Brasil, porque las patologías de allá eran iguales a las de aquí”.

Patología tropical, se estudiaban en San Pablo. Sus ojos explican la pasión que tuvo que sentir por su carrera para irse sin compañía alguna al más distinto de los destinos y sin hablar ni una palabra de portugués. Para estudiar las mismas enfermedades, para seguir por el mismo camino que venía recorriendo, para convertirse en un médico venezolano con conocimientos venezolanos.

Siguen cantando los pájaros, siguen los lienzos de Salazar dominando la sala y sigue la memoria del Dr. López viva, vivísima. Sin dudar, narra todos los detalles del cómo, cuándo y dónde con fechas incluidas. El 20 de diciembre de 1954 terminé la carrera en San Pablo. Apenas terminé, volví para Venezuela. Aquí conocí la experiencia de algunos médicos que se habían graduado fuera y que, por no tener el título venezolano, se iban al medio rural y trabajaban allí el resto de sus vidas. Entonces cuando llegué, me quedé en Caracas y presenté la reválida, esta vez en la nueva sede la UCV. El 20 de julio de 1955 me gradué de médico cirujano venezolano.

Compromiso valenciano

Y luego de San Pablo, luego de Caracas y luego de obtener un título que llevaba 25 años vaticinado, vuelta a Valencia. “Volví”, dice José Enrique López, “por el compromiso que había adquirido con la ciudad que me había adoptado cálidamente y en la que obtuve una valiosa formación de bachiller, por los insignes docentes del Liceo Pedro Gual”.

Una vez de vuelta, el Dr. López ingresó a las filas del Hospital Central de Valencia. En el que hacia pasantía cada tarde con la certeza de que ése sería “su hospital” era ahora su hospital. Con todo el peso de la palabra, era su hospital.

Allí entró para aprender y allí estuvo casi cinco años de residente. Le informaron que podría cursar el 1er. curso de posgrado de Medicina Interna que ofrecería la UCV en 1959.

“Fueron tres grandes internistas que tuvieron la conciencia de la necesidad que tenía el país de formar personal propio para los hospitales”, dice López. Y narra los nombres de los responsables de que él y otros tantos se convirtieran ya no en médicos cirujanos sino en médicos internistas: El Dr. Henrique Benaim Pinto, Dr. Otto Lima Gómez y el Dr. Ignacio Baldó. Luego de esos dos años de especialización, y de presentar en 1962 su tesis doctoral para convertirse en Doctor en Ciencias Médicas, volvió como lo habían planificado sus maestros para todos los cursantes del interior, ir nuevamente en mi caso a tierras valencianas para asumir el compromiso con la UC de dictar cátedra de Medicina Interna. Ingresó como uno de los primeros profesores de la nueva universidad y fue nombrado jefe de cátedra. Desde esos días, cuenta el doctor, ha estado trabajando sin parar en la UC. Vuelve a semejar un joven de cincuenta y pico de años.

Educación y educación continuada

Desde esas aulas el Dr. López ha enseñado, durante casi medio siglo, lo que para él es la esencia de un médico internista. “La belleza de la medicina interna”, dice, “es hablar con el paciente. Vas preguntando todo: qué tuvo, qué tiene, qué tiene su familia… Porque como le digo a mis alumnos, el hombre es él y su circunstancia” y en esas palabras de Ortega y Gasset, el Dr. López ubica la principal virtud de un buen internista.

“El diagnóstico es, muchas veces, esa circunstancia. Si veo que la paciente no duerme bien de noche, que a veces llora, que tiene palpitaciones y sudoraciones, le pregunto si es casada, si trabaja o estudia, a qué hora llega, si le hace comida a los niños y otras cosas de su rutina. Si está fallando en una de esas cosas, ella cede y me dice que no le dieron un ascenso en el trabajo porque se lo dieron a una con piernas más bonitas, sé que de ahí viene la hipertensión y ese conflicto también hay que tratarlo. Por eso, un internista siempre debe entrar en las circunstancias”.

Eso es lo que ha intentado transmitir durante sus años y años de docencia. “Que cada alumno sepa que no se puede ser internista sin indagar en ese contexto para saber si la enfermedad es orgánica o psicosomática”, Y agarra impulso y sigue: “Que sepan que el tiempo que deberán invertir en esas indagaciones será mucho, muchísimo y deben apreciar su valía.

Que sean como el torero, que estudia al toro apenas entre al ruedo; debe fijarse en cómo abre la puerta del consultorio, cómo mira al entrar, si se sienta o no se sienta, si se ve tembloroso, si tiene cara de angustia, si suda las manos. Y que sientan que justamente allí, en esa necesaria cercanía con el paciente, en ese permanente conversar con él, está lo bello de la medicina interna”. Ésas son, para él, las condiciones para que un buen doctor pueda llegar a ser excelente internista.

En 1958 se estructuró la comisión restauradora de la Facultad de Medicina de la UC conformada por el doctor López, José Luis Facchin De Boni, Valero Lugo y Martínez López quienes recorrieron Suramérica contratando profesores para la renaciente Escuela de Medicina.

En 1960, se fundó el capítulo Carabobo de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna. “Fue el Dr. Fabián de Jesús Díaz quien introdujo a todos los médicos que trabajaban en el servicio de Medicina Interna, así no tuvieran el título de internistas, mientras fuera avalado por él, ahí fue cuando yo ingresé prematuramente a la Sociedad, obteniendo aun mayor sentido de pertenencia a la especialidad; Gracias Dr. Fabián de Jesús Díaz ”, dice el Dr. López con una posterior caricia a su bigote negrísimo.

Cuenta que al comienzo no eran sino 30 miembros y que, contándolo a él, sólo 5 tenían estudios de posgrado de Medicina Interna. Pero allí estuvo, dice, la principal fortaleza del capítulo: combinar y colegiar a dos generaciones que tenían formas muy distintas de practicar la medicina. “Así, todos fuimos entendiendo la importancia de las historias clínicas, del electrocardiograma, del examen físico y de la evolución del paciente”.

La importancia, sobre todo, de la continuación de la educación como internista.

“Buscábamos becas para los nuevos miembros o estudiantes universitarios que eran prometedores en el ejercicio de su función, organizábamos cursos dictados por médicos caraqueños o internacionales y cada 15 días organizábamos conferencias de salud pública, cirugía o enfermedad de Chagas”. “Sin lugar a dudas lo que más importancia tuvo dentro de la Sociedad fue la formación”.

Una última vez insiste; para ti joven que leerás esto, debes practicar la educación continuada de tu carrera, más aun el internista, que nunca deja de aprender y nunca deja de estudiar.

Fue nombrado como Dr. Honoris causa de la universidad de Carabobo el día 11/11/2011; al momento de la imposición de la medalla, comienza a oírse vítores de... !Maestro¡...!Maestro¡...!Maestro¡ y luego una ovación llena de un jubilo extraordinario y de intensa emoción.

Esa tarde almorzará con su esposa y con su hijo y su hija, que también son médicos internistas. Ahí, sobre la mesa, probablemente conversarán y relatarán casos y anécdotas de pacientes. Probablemente estará atento a todos los detalles, como el torero que siempre pone de ejemplo. Y probablemente ahí, compartiendo con su familia durante un domingo cualquiera, continúe su educación infinita de médico internista.

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El Dr. Pepe López, con su bata blanca que lo caracterizó. ¿Por qué siempre la llevas puesta? Mi pequeño hijo, porque así siempre me recuerdo que primero soy médico que hombre.

Profesor de la Escuela de Enfermeras de la Ciudad de Valencia. Miembro de la Sociedad Venezolana de Salud Pública, Venezolana de Cardiología, Venezolana de Medicina Interna, Fellow del Panamerican Committee for R in Biology and Pathology Research, ASOVC, Colegio Iberoamericano de Dermatología, Venezolana de Oncología, Venezolana de Angiología, Venezolana de Gastroenterología, Comité Venezolano de Hipertensión Arterial, Member del New York Academy of Sciences.

En 1995 fue elegido para ocupar el Puesto # 11 de Miembro Correspondiente Nacional de la Academia Nacional de Medicina y en el año 2000 es electo Individuo de Número Sillón XVII, para sustituir al Dr. Pablo Izaguirre T, se incorporó con el Trabajo “El antígeno prostático específico y su diversidad en el diagnóstico entre hiperplasia protática benigna y adenocarcinoma de próstata”. Juicio Crítico: Dr. Augusto León.

Tesorero de la En Junta Directiva Bienios 2000-2002. 2002-2004. Donde se obtuvo la mayor cantidad de recursos económicos, que permitió continuar con la publicación de la revista Gaceta Médica de Caracas de más de 100 años, sin entrar en conflicto de interés al agregar propaganda. Vicepresidente de la Junta Directiva Bienio 2004-2006 y Presidente de la Junta Directiva Bienio 2006-2008.

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Acto de Grado en São Paulo. Brasil.

• Designado por el Consejo Municipal de Puerto cabello como Hijo ilustre.

• Recibió por labor asistencial. La cruz nacional de Sanidad en su 1era clase

• Botón de oro por la Ciudad de Caracas y Federación Médica Venezolana, entre otros.

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Acompañado de su maestro, y sus insignes colegas. Con la admiración genuina, recíproca; se genera una sólida amistad.

Falleció en Noviembre de 2013, con 83 años.

Recibió reconocimientos póstumos a su trayectoria, a su incansable labor en el ámbito de la medicina, la investigación, la docencia universitaria, a su amor por el arte, la cultura y su cálido trato humano.

El Dr. Karl Brass eminente jefe de servicio del servicio de anatomía patológica del HCV; que no era muy prodigo en elogios me dijo una vez. "Este va a ser un gran Médico". Y no se equivocó el sabio alemán. Dr. Guillermo Mujica Sevilla, reseñado por Josefina Weidner y Nuris González.

El Dr. López siempre ha tenido un estilo único y durante toda su carrera fue un personaje de varias facetas adaptándose a las complejas situaciones políticas que tuvo que sufrir todo esto lo hacen resaltar en la vida pública y profesional. Carlos G. Cruz, hijo.

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En instantes; recuerdan la situación del país y le afecta, pero inmediatamente irradian fe y optimismo. Por lo que a mi respecta este rostro nunca lo reveló delante de sus pacientes.

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