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Dra. Mercedes Enriqueta López Núñez

Por: NurisGonzález | Publicado: 07/02/2017 00:58 |

En el umbral de una Venezuela que cruzaba de la barbarie a la civilización, Mercedes Enriqueta López Núñez dio su primer grito de vida en pleno corazón de Maracay, estado Aragua el 2 de Junio de 1935. Llegó al mundo a través de un parto intradomiciliario atendido por uno de los precursores de la obstetricia en el país, el doctor Leopoldo Aguerrevere, quien una semana antes viajó directamente desde Caracas para supervisar la evolución final de la madre gestante. Cuando nació, era la hija del Ministro de Guerra y Marina del gabinete de Juan Vicente Gómez, el dictador que gobernó Venezuela por 27 años, y a los 6 meses de edad, se convirtió en la hija del nuevo presidente de la república, General Eleazar López Contreras. Su madre, María Teresa Núñez de López era hija del reconocido entomólogo doctor Manuel Núñez Tovar. De padre andino y madre oriental, la niña Mercedes creció entre la formalidad de la cultura tradicional andina y la espontaneidad del oriental. A los pocos meses de nacida fue bautizada bajo el ritual católico siendo sus padrinos la tía materna Mercedes Núñez Tovar y el coronel José María Márquez Iragorry, quien fuera otrora edecán del General Gómez. Dos días después de la muerte del General Gómez, la familia López Núñez entra a Caracas. Los primeros meses vivieron en el Palacio de Miraflores. Más tarde se mudaron a una quinta en La Quebradita, que el General López Contreras había adquirido de la familia Boulton. En 1938 nació su hermana María Teresa –Maruja-, cerrando el ciclo de descendencia de López Contreras, que en total tuvo ocho hijos, los seis primeros de un anterior matrimonio. “Mis hermanos mayores eran como unos tíos para nosotras por la gran diferencia de edad que teníamos”. Cuando su hermana menor Maruja comenzó a hablar, en un intento por llamarla, lo hizo a través de un trisílabo “Che-che-ta” que contraía el nombre completo de Mercedes Enriqueta. Finalmente este diminutivo fue asumido por todo el grupo familiar, y luego extendido a conocidos y amigos. La memoria remota de esta primera infancia solo emite destellos del recuerdo del amplio jardín de su casa que en una tarde fue sede de una especie de verbena para una recepción oficial al cuerpo diplomático acreditado en el país. “Yo recuerdo que preparaban guarapitas y otros menesteres”. Pero un acontecimiento que aún preserva como si hubiese sucedido ayer, se remonta a pocos meses después que su papá entregó la presidencia al General Isaías Medina Angarita, en 1941. La familia completa viajó a Nueva York, y el recuerdo del momento quedó congelado en la memoria: “Fue extraordinario el recibimiento que le hicieron a papá con la salva de 21 cañonazos por su condición de ex presidente. Luego del saludo oficial por parte de las autoridades que nos esperaban, abordamos unas lujosas limosinas custodiadas por motocicletas y sirenas durante toda la ruta hasta al hotel donde nos hospedaríamos”. En hilo con los hechos, continúa: “Al día siguiente, mi tía, mi abuela y yo nos quedamos en Nueva York, mientras mis padres se fueron a Washington a un encuentro privado con el presidente Franklin Delano Roosevelt”. En el viaje marítimo de retorno a Venezuela coincidieron con el día cuando Japón atacó Pearl Harbor (07-12-1941), hecho que desencadenó el ingreso activo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el posterior contraataque a las ciudades de Nagasaki e Hiroshima. Ella recuerda que una vez difundida entre los pasajeros la noticia de la incursión nipona, un silencio de incertidumbre invadió la nave, mutismo que se acompañó de una oscuridad temeraria, pues ni siquiera la refulgencia de un pequeño farol podía verse aquella noche. En la profundidad de su memoria retumba el eco de su padre que en su estilo parco les dijo: “Los japoneses atacaron Pearl Harbor. Ahora América también entró en la segunda guerra mundial”. Ya en Caracas, siguieron viviendo en la Hacienda La Quebradita, pero en una quinta más pequeña, llamada Las Mercedes, donde el verdor del entorno era su mejor regalo.

Desde niña su aprendizaje fue precoz y siempre mostró interés por descubrir el conocimiento. Su padre era un asiduo lector, y él en su tiempo libre compartía fragmentos de la historia con la niña y luego adolescente. Su abuela materna por su parte no dejaba de aconsejarle que estudiara Medicina. “Ojalá seas Médico para que sigas la tradición de tu abuelo”, le decía con la esperanza de salvar el oficio que no se había replicado en la descendencia familiar inmediata. Recibió sus primeras lecciones escolares de la mano de la maestra Petrica de Hernández Moya, quien la preparaba para unos exámenes orales y escritos de gran rigurosidad. Bajo la disciplina de una tutoría personal aprendió también a hablar y escribir en inglés, dominio que consolidó años mas tarde.

El 18 de octubre de 1945 un golpe de estado sacudió al país, y el general López Contreras se vio obligado al exilio. Llegaron a Miami (EE UU) en diciembre de 1945 y se residenciaron en una vivienda ubicada cerca de Brickell Avenue. Con 10 años de edad, la niña Mercedes ingresó a la Escuela Americana de La Asunción, donde prosiguió su educación hasta el octavo grado. En el nuevo contexto, las labores familiares estaban bien definidas, el padre escribía para medios impresos, la madre tenía un negocio de ropas, y las niñas iban al colegio. En 1948 se mudaron a Nueva York, y ese reencuentro con la ciudad fue clave en su desarrollo futuro. Emocionada con el nuevo entorno, continuó el Bachillerato en el Colegio Convento del Sagrado Corazón de Jesús, en La Gran Manzana, una selecta institución donde estudiaban incluso, las hijas de los Kennedy. Ya bachiller, regresó a Venezuela y revalidó el título con asignaturas vinculadas a la historia y geografía del país. Llegado el turno de la universidad, e inspirada en parte por la trayectoria de su abuelo materno, eligió la carrera de Medicina, decisión que le participó a su padre, quien no recibió con beneplácito la noticia pues albergaba la esperanza de que se inclinara por la Historia o las Ciencias Políticas. En franca rebeldía ante la controversia paterna, la joven Mercedes declinó estudiar y optó por el matrimonio. En 1952 contrae nupcias con el Ingeniero Andrés Eloy Parra Aranguren, de cuya unión nacen sus tres hijos, Mercedes, María Teresa y Eleazar Parra López-Contreras. Al poco tiempo se divorcian, y el deseo de estudiar congelado en los cincuenta, se impone. En 1962 a la edad de 27 años se inscribió en la Facultad de Medicina, de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Entre sus maestros recuerda a los doctores Pepe Izquierdo, Virgilio Bosch y Henrique Benaím Pinto, de quien aprendió con esmero la Medicina Interna, a tal punto que llegó a pensar, sería su especialidad, pero el destino en el epílogo de la carrera cambió las coordenadas. Compartió aulas con sus amigos los doctores Antonio París, Eva Michalup, Olga y José Ignacio Pulido, Armando Pérez Monteverde, Luis Milton López, Haydée Lara, Manuel Gómez, José Félix Oletta, Finita Michelena, Alicia Páez, Gustavo Pereira y Matilde Pinto, entre otros. Se graduó el 25 de agosto de 1967, en fecha postergada por los acontecimientos del devastador terremoto de Caracas. Formó parte de la Promoción de Médicos Cirujanos Dr. Miguel Pérez Carreño, de la escuela Luis Razetti. En el balance de su historia se impuso su voluntad pero también su constancia. Ese día bajo las nubes de Calder en el aula magna, el Consejo rectoral precedido por el doctor Jesús María Bianco invitó a su padre, el expresidente Eleazar López Contreras a integrar el presídium para acompañar a su hija durante la entrega formal del título, que recibió con honores, pues fue distinguida como alumna Magna Cum Laude, por sus sobresalientes méritos académicos. Cuenta la propia doctora Mercedes López de Blanco, que su padre celebró con júbilo este triunfo y desde ese momento se mostró orgulloso por la vocación médica que ella desde adolescente profesó. Ya con el título en sus manos inició su ciclo laboral en la Cruz Roja Venezolana, y luego convencida de que la asistencia a los niños era su camino, realizó un año de Residencia en Pediatría en el Hospital Clínico Universitario de Caracas. Pero a la par, le dio una nueva oportunidad a la vida en pareja, y en 1968 se casó con el historiador Jorge Olavarría, quien un año después sería designado Embajador de Venezuela ante el Reino Unido. Ante tal coyuntura, se fue a Londres, en compañía de su esposo e hijos, y en suelo británico completó la formación en el Royal College of Phisicians of London, adscrito a la Universidad de Londres, de donde egresó con Certificado de Pediatra en 1971. Su relación profesional con el doctor Guillermo Tovar Escobar fue determinante en la escogencia del estudio del crecimiento y desarrollo de la población infantil. En consecuencia y por su consejo, recibió entrenamiento adicional con el doctor James Mourilyan Tanner, creador de la escala homónima, que evalúa y califica por estadios la maduración sexual de los niños, adolescentes y adultos, ampliamente difundida y utilizada en todo el mundo. Durante su estancia en Inglaterra ejerció con satisfacción amplios roles, en las mañanas era la Residente en Pediatría, y asistente del doctor Tanner, mientras por la tarde cumplía la agenda oficial de la esposa del embajador, actividad que le permitió conocer inclusive, personalmente a la familia real. De la cultura anglosajona adquirió la metodología de estudio y el trabajo en equipo, y de Venezuela la alta solidaridad social. A su regreso al país en 1972 trae el conocimiento y el deseo de transmitir lo aprendido. Ingresó al equipo docente de la División de Ciencias Biológicas de la Universidad Simón Bolívar (USB), donde superó todos los escalafones de la carrera académica, hasta alcanzar el rango de profesor titular en 1995, siendo jubilada en 1996. Durante su estancia en la USB, fue Jefe de la Sección de Nutrición, y Coordinadora del Curso de Maestría de Ciencias de Alimentos y Nutrición. Entre 1977 y 1981 fue Investigadora Jefe del Estudio longitudinal para la obtención de valores normales de los jóvenes del área metropolitana de Caracas, referencia bandera de estudiantes en formación y especialistas en ejercicio. Fue además fundadora y la primera directora de Investigaciones Biológicas de Fundacredesa, y directora ejecutiva de la Fundación Cavendes. En 1986 obtiene el doctorado en Ciencias Médicas, en la Universidad del Zulia (LUZ), con la tesis “Evaluación del desarrollo del tejido muscular en preescolares de los estratos altos de Caracas”. Actualmente pertenece al Consejo directivo de la Fundación Bengoa, donde coordina un equipo multidisciplinario que estudia la Transición Alimentaria y Nutricional, conocido como el Grupo TAN.

Ha realizado más de 100 trabajos de investigación publicados en más de 50 revistas nacionales y foráneas. Ha sido autora y/o coautora de 75 libros en el área de la salud nutricional. Ha participado como ponente o coordinadora en 196 congresos y/o simposios. Es miembro de más de 20 sociedades científicas dentro y fuera del país. Fue precursora en 1985, del Capítulo de Desarrollo, Crecimiento y Nutrición de la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría. Ha recibido múltiples reconocimientos y condecoraciones. Fue en dos oportunidades receptora del Premio Kellogg´s: finalista en 1997, y ganadora en 2002, en el renglón de excelencia en Alimentación y Nutrición. En 2009 recibió la orden Dr. Hernán Méndez Castellano de la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría, y en 2016 es designada epónima de la máxima cita científica pediátrica nacional.

Aún cuando admira la vida cultural europea y la estructura del modelo norteamericano, nunca ha pensado emigrar de Venezuela. Ante la fuga masiva de talentos nacionales, expresa: “Luego de superada esta crisis, entre el 40 y 60 % de los venezolanos que se han ido, volverán”. Como estudiosa de la nutrición, practica lo que predica. A sus 80 años de edad muestra una vitalidad que sorprende. “Duermo bien y como bien” responde cuando se le pregunta sobre el secreto de su juventud. “La clave es incluir frutas y vegetales”. Cuando de alta gastronomía se trata, prefiere la comida peruana y la mediterránea, aunque confiesa que la oferta del desayuno criollo venezolano no tiene parangón. En la otra acera, no comparte los grandes volúmenes y calidad de la comida anglo. Pero no solo duerme y come bien, sino también tiene una prolífica actividad intelectual. Pese a estar jubilada, mantiene una agenda repleta de actividades, hallazgo que confirma cuando dice: “Ahora trabajo más que antes”, con la satisfacción pletórica de sentirse útil y productiva en la generación de información. Develado el manto de la profesional se descubre a una mujer integral. Entusiasta lectora de biografías, siempre le ha cautivado conocer la vida y obra de los que nos precedieron pues en esa experiencia, según su opinión, hay mucho de lo que somos y de lo que podemos ser. Consecuente con este género, actualmente profundiza en el estudio sobre los protagonistas de la Medicina en la primera mitad del siglo XX venezolano, gestores de los cambios que se iniciaron en 1936 y que impactaron positivamente la salud de la población. Admiradora de la música clásica barroca, siempre encuentra pausa para escuchar a algunos de sus grandes exponentes como Johann Sebastian Bach, Georg Friedrich Handel y Antonio Vivaldi. Científica, pero también repleta de fe, desde el seno de su familia creció con la religión católica como referencia espiritual. De su memoria brota un destello de esta cualidad: “Yo recuerdo que con mis padres, no importase en cuál lugar del mundo estuviéramos, siempre había un paréntesis para ir a la iglesia los domingos”. Gran conversadora, en su oratoria se combina la energía con la elegancia, salpicadas en muchos casos de un histrionismo, heredado del teatro que gestó en sus años de adolescencia en Nueva York. De hecho confiesa que es el pasatiempo que más disfrutó, ante las ofertas complementarias de piano y ballet que también recibió en la juventud. “Ver teatro es apasionante, pero hacerlo es aún mejor”. Desde muy pequeña viajó, primero en barco y ya luego en avión, según la innovación del momento. De todos los países que ha visitado, Israel es su preferido, pues según sus propias palabras: “Ese país es una muestra de lo que es capaz de hacer el hombre ante la adversidad”, resaltando que su admiración por el pueblo judío viene desde la época de la presidencia de su padre, cuando en 1938 concedió el permiso a los barcos de la esperanza para que ingresaran en los puertos de La Guaira y Puerto Cabello, que venían con familias huyendo del nazismo.

Ama y cree en el poder de la familia. De hecho, luego de superado el segundo divorcio, años más tarde, en 1981, se unió en matrimonio con el doctor Pablo Blanco, reconocido médico cardiólogo, pionero del cateterismo cardíaco en el país, con quien compartió más de tres décadas de vida, hasta su fallecimiento en 2012. En su realidad actual disfruta la compañía de sus hijos, nietos y bisnietos, que aún cuando muchos residen en el extranjero, siempre encuentra espacio para regalarles un poco de venezolanidad. “Tengo una nieta que se fue a Chile con su esposo. Ojalá esto cambie y vuelvan pronto”, dice con la esperanza de ver a toda la familia reunificada. Ante un consejo final a las generaciones de pediatras emergentes, no duda en convocarlos a fin de que sean la referencia y guía de los padres, para evitar que los pequeños pacientes caigan en riesgo cardio-metabólico desde muy temprana edad. En consecuencia dice: “No podemos seguir siendo los pediatras complacientes que no hacemos nada ante los malos hábitos de vida y alimentación errada de un gran grueso de la población”. Afirma que la especialidad es un reto constante, y que la Pediatría de ayer no es igual a la de hoy, y mucho menos a la del mañana, reafirmando que en la voluntad de innovar está la clave para la transformación del ejercicio pediátrico, el cual es cada vez más demandante y desafiante.

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