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Dr. José Domingo Díaz,

Por: NurisGonzález | Publicado: 06/02/2017 23:26 |




José Domingo Díaz, el que no fue profeta en su tierra

RESUMEN

El proceso independentista de Venezuela estuvo repleto de médicos que, de una u otra forma, jugaron algún papel en esta gesta. Ciento diez son nombrados por Ceferino Alegría, pero todos ellos del bando patriota. Y en el realista, ¿No los hubo? Existieron médicos venezolanos que formaron parte de los vencidos; y que han sido vituperados u olvidados por la Historia Oficial o Historia Patria. Entre los venezolanos que formaron filas en el grupo de los realistas no debemos olvidar a personajes como Feliciano Montenegro Colón y Rafael María Baralt, el primero como oficial que fue del ejército español y el segundo que aprovechó un tecnicismo para ser considerado como “español de ambos mundos”. ¿Y qué decir del caso del Marqués de Casa León? Es como la obra y vida de muchos venezolanos que participaron en el bando monárquico defendiendo sus creencias, borrados de la historia en el mejor de los casos o injustamente vilipendiados. Razón tendría Arístides Rojas al llamarlos “Expósitos de la Historia” Es José Domingo Díaz, uno de estos casos, a pesar de ser prácticamente el punto de referencia de los hechos militares y políticos de nuestra independencia. La frase de Arístides Rojas “La justicia histórica es como la luz que ilumina los mundos” ha motivado la intención de hurgar más, para tratar de dar forma a la imagen histórica de unos de los médicos que, como testigo de excepción, actuó en este período.

INTRODUCCIÓN

El proceso independentista de Venezuela estuvo repleto de médicos que, de una u otra forma, jugaron algún papel en esta gesta. Ciento diez son nombrados por Alegría, pero todos ellos del bando patriota (1) y del bando realista, ¿No los hubo? Parafraseando a Tomás Straska, quien afirma que la historia de la independencia de Venezuela sólo ha sido escrita por la mitad (2), se podría extrapolar tal aseveración a nuestra historia, pues poco hemos oído – o leído– sobre aquellos que, siendo médicos y venezolanos, formaron parte del bando realista.

La versión desarrollada por sus protagonistas al calor de la lucha, y que finalmente triunfó, se convirtió en la “Historia Oficial” o “Historia Patria” (2); lo que podría considerarse como la forma más acabada de la famosa frase anónima: “La historia la escriben los vencedores”. No debemos olvidar a personajes como Feliciano Montenegro Colón, quien fue oficial del ejército español (3); Rafael María Baralt, que aprovechó un tecnicismo para ser considerado como “Español de ambos Mundos” (4); además de otros como Felipe Fermin Paul, José Sata y Bussy, Fernando Rodríguez del Toro (Marqués del Toro) y el infaltable caso del Marqués de Casa León, Antonio Fernández de León, quienes levitaron de un bando al otro, no se sabe si por inconsistencia política o conveniencia, pero que figuran como personajes de importancia en la versión oficial de nuestra historia

Es así como la obra y vida de muchos médicos que participaron en el bando contrario, por defender sus creencias, fue borrada de la historia –en el mejor de los casos– o injustamente vilipendiados. Razón tendría Arístides Rojas al llamarlos “Expósitos de la Historia” (5). Es ésta, quizás, la situación en la que se ha envuelto a José Domingo Díaz, quien ha sido inicuamente tratado, a pesar de ser prácticamente el punto de referencia histórico de los hechos militares y políticos de nuestra independencia.

Haciendo como propio el pensamiento de otro médico prestado a terceras actividades, Don Arístides Rojas, “La justicia histórica es como la luz que ilumina los mundos” (6) es que surge esta inquietud –o pretensión– que ha motivado el hurgar un poco más para tratar de dar forma a la imagen histórica de unos de los médicos que no sólo fue testigo de excepción, sino que interactuó en este segmento histórico.

EL PERSONAJE

José Domingo Díaz, conocido como el antiprócer (7), vendepatria (8), antihéroe, antipatriota y anti-Bolívar (9), tildado como hombre terrible por sus violentas pasiones y su encendido antirepublicanismo (7) es aún un solemne desconocido para aquellos que no somos historiadores, y lo poco que de él se conoce pertenece a su faceta política, pues la médica se pierde en las tinieblas del tiempo (9). Nace en La Candelaria, en una Caracas profundamente dividida por castas y clases sociales (9-11); no forma parte de la aristocracia criolla, dada su condición de expósito y pardo (2,9), aunque, en opinión de Straska, esta última condición le fue perdonada por ser la primera suficiente (2), aunque hay quienes no dudan del error de considerarlo como tal (9).

La fecha, 3 de agosto de 1772 (9,12). Dada su condición de expósito fue criado por los sacerdotes Domingo y Juan Díaz Argote (12,13), que pertenecían a una familia sin grandes bienes de fortuna, aunque José Vicente González la tilda de “pobre”(14). Gobernaba la provincia de Venezuela el brigadier José Carlos Agüero, descrita como de paz y progreso (15).

Su vida se halla envuelta en misterio desde su nacimiento, pues, a pesar de desenvolverse en una sociedad discriminadora, tal y como lo dictaminaba las Leyes de Indias (11), creció en el seno de una familia “de consideración”, basada esta condición en el hecho de que el matrimonio Díaz Argote había producido 5 hijos, todos sacerdotes. A esto se le suman los misteriosos recursos recibidos para ser utilizados en la educación del niño (7,9), lo que podría orientar hacia cierta suerte distinta a la considerada hasta ahora; es decir, que si bien es cierto que era un expósito para la sociedad, alguien, además de los Díaz Agrote, velaba por su bienestar. El 15 de noviembre de 1813, la Gaceta de Caracas reprodujo un anónimo que había circulado en Curazao (16), donde se aseveraba que su padre había sido Juan José Castro, conocido como Juancho, popular curandero de la ciudad que luego fungió como cirujano romancista y fue médico de la casa de la Misericordia (2,7,9,16). ¿Sería éste el benefactor secreto?

Sería de esperar que un niño en la situación “social” de José Domingo Díaz no le fuera fácil formarse científica e intelectualmente (11), a menos que ciertas condiciones especiales ayudarán a hacer este camino no tan difícil. Es de recordar que para aquellos en igualdad social que Díaz, no les estaba permitido obtener los grados mayores y menores universitarios (9,11), los que él consiguió. Malave de Querales narra que fue necesario que Díaz figurara como hermano de los Díaz Argote (17).

Zapata plantea como otro factor que coadyuvó a la obtención de estos grados fue la cédula de Carlos III, la cual otorgaba “Carta de Ciudadanía” a los expósitos (11,16). Pero hay algo más, para 1759 existía otro Juan José Castro, presbítero que vivía en la calle Nº 3 o del Niño Perdido (cuadro de Nuestra Señora de las Virtudes) (17), que podría llenar las condiciones para facilitar los estudios del joven Díaz. Lo que es cierto es que no se han hallado pruebas o referencias sobre la verdadera paternidad.

Estudió en la Universidad de Caracas, en la cual obtuvo la licenciatura en Filosofía en 1788, tras lo cual cursó estudios de Medicina, hasta su licenciatura como médico cirujano en 1794, siendo alumno de Felipe Tamariz y compañero de José Luis Cabrera y Vicente Salias, mártires de la independencia (1,9,12,18). Recibió el doctorado el 12 de abril de 1795. Tenía 23 años (12). Siguiendo esta línea de pensamiento, fue examinador en la evaluación final de Vicente Salias, con quien realizó varias publicaciones médicas (9).

Tenemos pues, que en 1795, era egresado de la Real y Pontifica Universidad de Caracas, y que fue descrito como médico de vocación, con espíritu científico y sensibilidad social (9,11). Y sin contentarse con este logro, fue examinador y responsable de las prácticas de los estudiantes en el Hospital San Pablo y en el Militar, y en los que Angel Alamo las realizó, precisamente bajo la supervisión de Díaz (7,9), otro mártir relacionado con nuestro personaje. Debe llamarse la atención que para la época, el Hospital de Militares se hallaba en las mismas instalaciones del Real Hospital San Pablo, aunque separado administrativamente (19). También ejerció en el Real Hospital de San Lázaro –donde ensayó un tratamiento que alegaba haber descubierto en 1795, sin saberse de sus resultados– y prestó sus servicios en la población de El Valle (9). Además, formó parte de la Junta Central de la Vacuna y llevó a cabo la primera campaña antivariólica (7,9).

Es de observar la fructífera labor llevada a cabo por Díaz antes de 1810, habiendo sido nombrado por el Gobernador Guevara y Vasconcelos como Primer Médico de Ciudad, nombramiento que, a pesar de generar incomodidades en el cabildo, en varias oportunidades recibió elogios de ese cuerpo. En febrero de 1808 es destituido de este cargo por el ayuntamiento, lo que genera un largo proceso judicial (9,11,16).

Estando en España en 1809 –según algunos en viaje de estudios, y según otros, por motivos de enfermedad– es nombrado Contralor Inspector de los Hospitales de Caracas, con rango de Oficial Real, y regresa a Venezuela en abril de 1810, habiendo contraído matrimonio con María del Socorro de la Torre antes de viajar a América (11), desembarcando en La Guaira el 26 del mismo mes, es decir, posteriormente a los sucesos del 19 (7,9). Demás está decir que su cargo y nombramiento no fueron reconocidos por la Junta Suprema, a menos que Díaz aceptara que tales designaciones emanaban del nuevo gobierno de Caracas, cosa que no admitió (7,9,11). Muchos autores consideran que el año de 1810 es el del inicio de la reacción “antipatriótica” de Díaz, pues desde el principio del proceso que se inició ese año se ubicó en el bando realista (7,9) y no sólo fue testigo presencial de lo que ocurría en la ciudad, con los nuevos vientos que soplaban; también lo fue del terremoto de 1812, año en que fue reducido a prisión desde el 20 de mayo al 30 de julio, cuando es liberado al caer la llamada Primera República (9). El motivo, acusado de la deserción del batallón “El Tuy” (9,11).

LA METAMORFOSIS

Con este calificativo se quiere hacer patente lo que parece el cambio radical presentado por José Domingo Díaz a partir de 1810, cuando declara ser partidario del Rey por convicción, a pesar de los contactos y relaciones “patriotas”. Straska postula que era enemigo de los mantuanos (2) pero se codeó con ellos en las distintas facetas de su vida social y profesional. Incluso tuvo un desarrollo intelectual que lo situaba muy cerca de ellos, puesto que combinó el ejercicio profesional con las letras (4), y aunque algunos – como Juan Vicente González, expósito también– refieren que fracasó en esta incursión (4,20), fue mencionado en la obra del célebre crítico Marcelino Menéndez y Pelayo –la Historia de la Poesía Hispano-americana– en el capítulo dedicado a Venezuela. De esta faceta se sabe de la realización de un ensayo dramático titulado “Inés” y de uno teatral llamado “Monólogo de Luis XVI” (9). Archila menciona que José Antonio Calcaño lo nombra en su libro “La Ciudad y su música”, por lo que cabe deducir que algo sobre ella sabia; amén de sus dotes lingüísticas, pues se desempeñaba como traductor de inglés y francés (9). Por estas cualidades, y seguramente por otras más, es considerado como parte de la Generación de 1810, la que estaba compuesta por hidalgos e intelectuales, por lo que sería dudosa tal enemistad con los mantuanos.

También es conocida su asistencia a las “tertulias” llevadas a cabo en distintas casas familiares de la ciudad, sobre todo en la de los Ustáriz, y en las que se discutía sobre poesía, música, literatura y –sobre todo– política y economía, en compañía de la crema y nata del mantuanismo (18). Además, uno de sus tutores, encargado de su crianza, fue el presbítero Juan Antonio Díaz Argotte, párroco de Villa de Cura y diputado por esa entidad al Congreso de 1811, uno de los firmantes del Acta de Independencia (17). Sería sensato pensar que los choques pudieron presentarse a raíz del problema suscitado por el nombramiento de Médico de la Ciudad con el que lo honró Guevara y Vasconcelos, atribución que correspondía al ayuntamiento y que culminó con su destitución (7,9), todo lo cual debió llevar a que la generación de 1810 lo despreciara. Recordemos que viajó a España al poco tiempo, donde fue testigo de la invasión francesa, lo que probablemente desempeñó importante papel en su orientación política, amén de la acogida que debió recibir en la metrópolis, de donde regresó con un cargo de mayor categoría, mejor remunerado y con el grado de Oficial Real. Si se le adiciona el resentimiento provocado por el trato a su regreso, el desconocimiento a su nuevo cargo y rango, la prisión en 1812, etc., podemos extrapolar el cuadro emocional que se dibujaba en Díaz (7,9). No es posible olvidar que su compañero en el Semanario de Caracas, Miguel Sanz, era mantuano de pura cepa, lo que recalca una extraña relación entre los dos, el uno monárquico y el otro republicano (11,16,21). A decir de Gómez, Sanz fue monárquico hasta el 17 de marzo 1811 (16). Incluso, Díaz estuvo comprometido en la conspiración de los Linares, en el mismo año de su retorno, pero supo ocultarlo (7).

Y mencionando algunos detalles con respecto a las publicaciones en la Colonia, se había considerado que el primer periódico impreso en Venezuela había sido la Gazeta de Caracas, fundado en 1808, que fungía como vocero oficial; pero ya había existido una publicación en la isla de Trinidad, que para la época formaba parte de la Gobernación y Capitanía General de Venezuela, llamada “El Correo de la Trinidad Española”, que circuló en 1789, con el mismo objetivo de la de Caracas de dar a conocer la situación en la metrópoli (22). Es posterior a la aparición de la Gazeta de Caracas cuando se libera la veta periodística de Díaz, cuando funda, el 4 de noviembre de 1810, el “Semanario de Caracas” en sociedad con el licenciado Miguel José Sanz, en el que escribe sobre estadística, economía y agronomía, y dispara contra la revolución cuando puede (7), siendo de especial mención sus opiniones sobre la Ley Agraria, formando la imagen del periodista-hombre de ciencia (7). Se desempeña en esta publicación hasta 1881(9,16). Al año siguiente en nombrado Redactor de la “Gazeta de Caracas”, la segunda publicación periódica –como acotamos con anterioridad– y de cierto tiraje, que nace bajo el signo del despotismo monárquico.

O como diría José Eustaquio Machado en trabajo publicado por el Boletín de la Biblioteca Nacional, “En defensa de este Soberano —Fernando VII— y de los intereses que él representaba, se promovió la fundación y sostenimiento de un periódico oficial que tuviera al público al corriente de cuanto pasara en la península y sostuviera los derechos de la dinastía reinante, contra las usurpadoras pretensiones del César francés” (23). En el seno de la Gazeta desata ataques inmisericordes contra todo aquello que se relacione con la república, y en especial, contra Bolívar, al que llena de improperios a cada oportunidad que se le presenta (7,9,21).

En 1813, específicamente el 3 de agosto, huye a Curazao ante la entrada de Bolívar a Caracas, asilándose en esta isla con su familia (9), y desde donde escribe una serie de panfletos, en número de 8, en contra de los patriotas (7,9,12) aunque Malavé de Querales refiere que tales notas serían para ser publicadas por un periódico en proyecto llamado “El Telégrafo”, el cual no fue autorizado por el gobierno colonial de Curazao (17).

En 1814, bajo el régimen de Boves, regresa de Curazao, ingresa por La Vela de Coro, reasume su cargo de Inspector de Hospitales y de Director de la Gazeta hasta 1821, la quinta y última etapa de esta publicación, la más larga y la de peores consecuencias para las filas patriotas, conociéndose a Díaz como el “Apologista furioso de la tiranía”(23). Al llegar a Caracas, solicita a Boves la muerte de “su condiscípulo”, Vicente Salias (11). Es tal su influencia entre las autoridades realistas, que incluso es consejero del pacificador Pablo Morillo, y es al correrse el rumor de la muerte de éste en batalla, al intentar huir por La Guaira, que muere uno de sus hijos (11). Durante estos siete años ejerce varios y diversos cargos administrativos sanitarios, universitarios, y llega a convertirse en un importante asesor de las autoridades españolas, como el ya mencionado Morillo, Moxó, etc.(9).

En 1821 se embarca en Puerto Cabello, viaja a Puerto Rico con el grupo de emigrados, para no regresar. En este viaje muere su hija mayor, de nueve años (11). De Puerto Rico pasa a Cádiz, España, y en 1822 vuelve a Puerto Rico como Intendente y con el firme propósito de “liberar” a Venezuela (11). Ejerce este cargo hasta 1828, cuando regresa definitivamente a España, donde publica, en 1831, su obra “Recuerdos de la rebelión de Caracas”, y su pista se extravía hasta nuestros días. Se cree que fallece entre los 59 y los 63 años, es decir, entre 1831 y 1835 (9,11). Es de hacer notar que en 1831, a raíz de la muerte de Bolívar, escribe una carta donde, por vez primera, describe y alaba algunas virtudes del Libertador, pero sin dejar de vituperarlo. Es un documento donde se mezcla el odio y la admiración, tal vez por considerar que, al igual que Bolívar, él era un proscrito al que se le acababa la vida (24). De las pocas cosas que se saben de la vida de Díaz en España, se dice que fue el padre del famoso dramaturgo romántico José María Díaz (25).

CONCLUSIONES

Llama la atención que, Díaz, como universitario y miembro de esa generación de 1810, lugar ganado a fuerza de estudios y formación, no haya sido empapado por las tendencias de la política y economía que, a pesar de la real prohibición impuesta por la forma eminentemente antimonárquica que planteaban, con cierta libertad rodaban entre la élite cultural de la Caracas colonial (26). Se sabe que asistía a las famosas “tertulias” a donde concurría hasta el Capitán General. La “Historia Oficial” ha divinizado a nuestros próceres y ha excluido a todo aquel que los adversaba, pero en este grupo de “vencidos” también coexistían venezolanos de gran valor en su devenir, como sería el caso del personaje en discusión, con virtudes y debilidades, de tanto valor – y más, en algunos casos– que los endiosados mortales. Tan palpable es esta circunstancia, que como ejemplos, ni Vargas, Alegría o Briceño-Irragorry lo mencionan en sus obras dedicadas a médicos ilustres, aunque este último toca el tema en su obra “Orígenes de la Sanidad Pública” y plantea el injusto trato dado a Díaz. Aunque sus actividades periodísticas opacaron a su ejercicio médico, éste fue de gran valor; y ambas acciones fueron aprovechadas por el bando pro-monárquico. Pero ello no desluce el valor de José Domingo Díaz, científico y médico social firmemente arraigado al sistema imperial, a quien creía que le debía su carrera y desarrollo intelectual (16).

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Dr. Roger Escalona A.* Dr. Gabriel Escalona V.

* Miembro Correspondiente de la SVHM.

Recibido el 30 de mayo de 2009.


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